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¿Veredicto norteamericano, justicia norteamericana?

¿Veredicto norteamericano, justicia norteamericana?   

Stephen Kimber*   2011-04-11  

Abril 9, 2011

El veredicto de “inocencia” del viernes en el juicio por fraude a inmigración a Luis Posada Carriles, dado demasiado pronto para siquiera haber sido considerado, asestó un vergonzoso golpe.

Después de un juicio de 13 semanas lleno de testimonios conflictivos de 33 testigos, a un jurado en El Paso, Texas, le tomó solamente dos hora y 57 minutos llegar a la conclusión de que Posada – el supuesto cerebro del atentado a un avión de Cubana de Aviación en 1976 que asesinó a las 73 personas que iban a bordo; el organizador confeso de la campaña de atentados con bombas a hoteles de la Habana en 1997 que asesinó a un hombre de negocios italiano-canadiense; y un criminal ya declarado culpable de un intento fallido en el año 2000 de asesinar al Presidente cubano Fidel Castro en Panamá – era inocente. 

El jurado tuvo, de hecho, que hallar inocente a Posada en 11 cargos de mentir a las autoridades de inmigración durante su solicitud de asilo en Estados Unidos en el 2005. Increíblemente, ellos incluso lo hallaron inocente de tres cargos de mentir acerca de su papel en esos atentados a hoteles de la Habana – ¡de los cuales se le oyó alardear en una grabación presentada en la corte!

“El veredicto,” según Alfonso Chardy en el Miami Herald, “fue una sorpresa para muchos observadores que habían esperado que los jurados deliberaran por unos días antes de llegar a una decisión. Los observadores también esperaban que los jurados hallaran a Posada culpable de al menos algunos cargos. Nadie había previsto una absolución general de todos los cargos por perjurio y fraude.” 

 Pero quizás observadores prudentes no debieron haberse sorprendido en absoluto.

Por toda clase de razones – incluyendo la influencia política del poderoso lobby del exilio de Miami y la hipocresía inherente en la guerra de Estados Unidos contra el terrorismo – el gobierno norteamericano nunca estuvo realmente entusiasmado en llevar a Posada ante la justicia.

Cuando Posada se coló en Estados Unidos en el 2005, la administración Bush hizo todo lo posible por pretender que no sabía que él estaba e Miami hasta que el mismo Posada citó una conferencia de prensa casi obligando a las autoridades de inmigración a que lo acusaran de haber entrado ilegalmente al país.

 Durante los siguientes 6 años, el caso estuvo inmerso en los vericuetos del sistema de justicia de Estados Unidos.

Finalmente, en abril del 2009, la nueva administración Obama agregó tres cargos adicionales a la insignificante acusación inicial. Los mismos lo acusaban de mentir  acerca de su papel en la campaña de atentados en la Habana.

Los nuevos cargos eran una forma de aplacar a una comunidad internacional que se había estado haciendo preguntas cada vez más perspicaces acerca del verdadero compromiso de Estados Unidos con la lucha contra el terrorismo. Aunque Posada no fue acusado de los atentados mismos, el caso al menos hizo ver como si Estados Unidos finalmente quería ocuparse de –y superar- su tendencia a hacerse el de la vista gorda con el terrorismo del exilio cubano. 

El caso debió haber sido pan comido. Los fiscales tenían una larga lista de testigos y documentos que conectaban claramente a Posada con sus financiadores norteamericanos y con los mercenarios que llevaron a cabo los atentados a instancias de él. Más convincente aún era el “testimonio” del mismo Posada. Existían grabaciones de una entrevista en 1998 con el New York Times y de una entrevista en la televisión de Miami, en las cuales Posada había reivindicado el crédito por los atentados.

Entonces, ¿qué ocurrió?

Sería fácil culpar a la fiscalía. Observando los primeros días del juicio de Posada en El Paso, recuerdo que me llamó la atención la aparentemente torpe ineptitud  de la fiscalía en los interrogatorios de sus primeros testigos.

Pero finalmente el juicio se estabilizó – como suelen hacer los juicios – en días buenos y días malos, anotándose un tanto la fiscalía un día, contraatacando la defensa al día siguiente, las decisiones de la jueza parecían favorecer a veces a una parte, pero después a la otra. (Un aparte: El “Diario de El Paso” de José Pertierra ofrece la mejor narración día del juicio de Posada. Abogado cubano, radicado en Washington, Pertierra estaba en El Paso siguiendo de cerca el caso para su cliente, el gobierno de Venezuela, que aún quiere extraditar a Posada para que enfrente a la justicia por el caso del atentado al avión de Cubana de Aviación. Su descripción matizada y contextualizada del desarrollo del juicio ofrece una reveladora panorámica del caso, y de un tema más amplio que es cómo realmente funciona la justicia norteamericana.)

Dada la cantidad de testigos, los testimonios contradictorios y el volumen total de la evidencia presentada durante más de tres meses de presentaciones teatrales en corte, ¿cómo fue posible que el jurado llegara a una conclusión unánime antes del almuerzo en su primero y único día de deliberaciones?

Mientras yo trataba de encontrarle algún sentido a esto en la tarde del viernes subsiguiente al veredicto que ignoró todos los hechos del caso, no pude menos que pensar en una conversación que había tenido en febrero en la Habana con Roberto González.

González es un abogado criminalista cubano, pero también es el hermano de René González, uno de los Cinco cubanos. Durante la preparación del juicio a los Cinco en el 2000, González trabajó con sus abogados radicados en Miami, ayudándolos a organizar la evidencia y los testigos en Cuba.  Después pasó los cinco meses del juicio en la corte de Miami, observando de cerca a la justicia norteamericana.

Le pregunté cuáles habían sido las principales diferencias que había visto entre los sistemas judiciales de Estados Unidos y Cuba. 

“El objetivo en ambos sistemas es el mismo,” me explicó González, “pero los procedimientos son muy diferentes.”

En Cuba, me dijo, la mayor parte de la verdadera acción ocurre fuera de los tribunales durante la fase de “preparación”. Los abogados del acusado y los fiscales pasan tiempo interrogando a los testigos de la parte contraria, clasificando la evidencia lejos de la vista del público – y después presentan sus informes y respuestas al juez para que los considere. Por eso es por lo que en Cuba la fase pública de los procesos – los juicios –  ocurre en las tardes y generalmente no duran mucho tiempo.

Mientras nosotros en América del Norte frecuentemente cuestionamos lo que nosotros consideramos “juicios con fines propagandísticos” en países como Cuba – por ejemplo la reciente condena al norteamericano Allan Gross en la Habana – González presenta un convincente argumento de que nuestro sistema no ofrece una mayor garantía de justicia.

Una de las primeras cosas que él tuvo que hacer en el caso de los Cinco, recuerda, fue convencer a sus abogados de que los Cinco realmente no iban a llegar a un acuerdo con la Fiscalía reconociéndose culpables a cambio de obtener sentencias menores. “El 90% de los casos en Estados Unidos terminan en negociaciones,” explica González, “así que ellos asumían que los Cinco querrían hacer eso también.”

El juicio mismo fue también una revelación. “En Estados Unidos”,  se maravilló, “la toma de testimonios y el examen de las pruebas documentales tiene lugar durante el juicio, lo que hace que los mismos duren tanto. Y lo importante en ese tipo de juicio no es la verdad o los hechos, sino el teatro. El resultado tiene que ver con la capacidad de actuación de los abogados, la personalidad de los testigos – testigos más simpáticos, testigos menos simpáticos, una testigo muy atractiva, una menos atractiva…”

Mientras que a nosotros en América del Norte nos gusta pensar que nuestro sistema de jurados es una garantía de que vamos a ser juzgados de una forma justa por nuestros semejantes, González ve que esto en realidad funciona de una forma diferente.

Los jurados no son seleccionados por su pericia o su sabiduría, señala, sino frecuentemente porque no saben nada acerca de nada que sea importante en el caso que tienen delante. “Yo le llamo “juicio por ignorancia.”

González, por supuesto, estaba hablando acerca del juicio de los Cinco en Miami, pero el pudo fácilmente haberse estado refiriendo acerca del caso de Posada en El Paso.

Ese juicio fue definitivamente teatral. El abogado miamense de Posada, Arturo – “llámenme Art”- Hernández llenó la sala del tribunal con su ego y su histrionismo. Presentó 13 mociones solicitando anular el juicio. Hostigó a los testigos, lanzando ataques personales y frecuentemente falaces. Insinuó – sin siquiera tener que probarlo- que un testigo que vinculó a Posada con los atentados había sido una vez amante de un familiar de Castro. De forma injusta y con total impunidad hizo pedazos la reputación periodística de la escritora Ann Louise Bardach. Incluso atacó la credibilidad y las credenciales de un coronel de la Habana quién simplemente fue a El Paso para testificar que Fabio di Celmo, el hombre de negocios italiano-canadiense asesinado en uno de los atentados a los hoteles, había muerto instantáneamente de una herida de metralla.  

En cuanto al jurado, fue – como señala González – seleccionado más por lo que no sabía acerca de Posada y la historia del terrorismo del exilio que por lo que sí sabía. Para ser justos, los miembros del jurado pasaron tanto tiempo saliendo y entrando de la sala mientras los abogados argumentaban interminablemente acerca de lo que a ellos se les permitiría escuchar, o si el juicio debía continuar o no, o… que hubiera sido imposible incluso para el más sabio de ellos hallar el hilo narrativo en el laberinto de testigos conflictivos y confusos.

Todo lo cual es para decir que finalmente tenemos un veredicto en El Paso,  lo que no significa que tengamos justicia.

*Stephen Kimber, Profesor of Periodismo de la Universidad King’s College, Halifax, Canadá

www.stephenkimber.com

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