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La despedida de Roberto

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Por Andrés Gómez*

10 de Julio, 2013

Hacía una bella mañana de verano aquel sábado a finales de junio pasado. En la costa del barrio habanero de Miramar estábamos reunidos un pequeño grupo de familiares y amigos de Roberto. Allí nos encontramos para hacer cumplir su voluntad de qué hacer con sus restos hechos cenizas ya que quiso que al morir su cuerpo fuese incinerado. Hacía escasamente un año que había muerto y menos de una semana del día de su cumpleaños, el primero después de su muerte, que siempre es el más difícil.

En una conversación que tuvo con Sarita –el amor de su vida y su esposa de tantos años–, la única conversación que trató sobre su muerte, le explicó que cuando muriera quería que guardaran sus cenizas hasta que su hermano René regresara a vivir definitivamente en Cuba. Entonces cuando eso sucediera quería que un día sus dos hijos, Robertico y Renecito, junto con sus hermanos René y Liván fueran a la playita de la Calle 16 en Miramar y esparcieran sus cenizas en las aguas cercanas a esa parte de la costa donde por muchos años cuando jóvenes y después juntos ellos y otros amigos gozaran tanto la vida.

Fue así que nos juntamos, a petición de Sarita, Irma, Robertico y Renecito, en aquel tramo de la costa habanera aquella bella mañana ese pequeño grupo de familiares e íntimos amigos. Sentía una mezcolanza de sentimientos. Tristeza, claro, por la pérdida tan temprano en su fructífera vida de un entrañable amigo que fue un ser verdaderamente extraordinario. Fuera de serie, como se dice en buen cubano. Sentía orgullo. Orgullo de poder haber sido su amigo, aunque sólo durante sus últimos años, no como los otros amigos presentes aquella mañana que lo conocieron y disfrutaron muchos más años. Orgullo por lo que pudo hacer Roberto de él mismo como ser humano; como padre, como hijo, como hermano, como esposo.  Por haberse hecho un hombre cabal, un revolucionario íntegro.

Sentí su presencia aquella mañana entre nosotros, en nosotros. Lo percibí satisfecho de su vida, de su obra, de sus hijos. Compartí con él aquella satisfacción. Todos allí sabíamos que cumplíamos lo que él quiso que fuera aquella despedida. Por suerte, el mar se comportó bien y la balsa en la que se colocó la hermosa caja de madera que llevaba sus restos y las flores no tuvo contratiempo para llegar al punto en el mar que sus hijos escogieron para entonces sumergirse, abrir la bolsa en la que se encontraban las cenizas de su padre y esparcirlas.

Fue René el que abrió, con cierta dificultad por la presión del mar, la bolsa que contenía las cenizas de su hermano. Me contaron los muchachos, sus hijos, lo bello que lució todo allí en aquel momento en el que las cenizas flotaban en diferentes direcciones entre la luz del sol que penetraba en el mar allá abajo. Intuyo que él lo previó así.

Roberto era un excelente abogado. Por serlo, y por ser quien él había hecho de él mismo, estuvo plenamente preparado para asumir los retos de ser parte del equipo de la defensa de los Cinco, y por tanto de su hermano René, cuando el gobierno de Estados Unidos los encarceló y después falsamente acusó por luchar contra el terrorismo y los terroristas que lo ejecutan.

Fue en esa larga y ardua lucha que nos conocimos. Precisamente en Miami en diciembre de 2001, cuando compañeros y compañeras cubanos residentes en esta ciudad, por años comprometidos en la defensa de su pueblo, compartimos día tras día con las madres, las esposas, con Irmita, la hija de René, y con Roberto, durante aquel brutal mes durante el cual se dictaron las terribles condenas contra los Cinco. Fue entonces cuando realmente comenzó la lucha por hacerlos libres. Lucha que se ha convertido en un formidable movimiento político a escala mundial.

De Roberto me impresionaron desde entonces su claridad de pensamiento, parte de su formidable inteligencia, y su honestidad bregando con la gente que se involucraron en este magnífico esfuerzo, y con los líos y las cosas propias de estas complicadas cuestiones, jurídicas y políticas. Por su práctica como abogado siempre pudo explicar claramente, como muy pocos, las cuestiones más complejas de estos asuntos.

Por lo que también lo admiro, además, es que supo mantener una actitud perseverante y digna ante la muerte que sabía segura. Con su ejemplo supo enseñarnos que la vida hay que disfrutarla hasta en el morir. Tuvo, mi amigo Roberto, como está escrito en un libro sabio “constancia en la virtud y en mantener la gracia hasta la muerte”.  Mucho lo respeto y quiero.

*Andrés Gómez, periodista cubano residente en EE.UU., Director de Areítodigital.

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